Domingo 26 de marzo. Mi cuñada se rompió la cadera. Salía de la fiesta de un casamiento, tropezó con el rocío del céped, dio contra el cordón de la vereda. Llamó mi suegra el 25 por la noche y eso hizo llorar a mi mujer. Probablemente debamos viajar; para eso tengo que solucionar una pérdida importante de aceite.
Para qué escribir en este blog o para qué tener mayores pretensiones y buscar en la literatura váyase a saber qué. Mierda, porque las fatalidades como la que le ocurrió a mi cuñada —debieran verla, es de las chicas más lindas que conocí— es algo demasiado parecido a cómo sobreviene la muerte, sea la muerte muy anunciada o no.
Un hombre, seguramente el killer que estranguló mecánicamente a un pariente lejano mío en 2001, lo sintetizó en la grabación que dejó en el contestador telefónico de su víctima. “Se acabó”, decía en la cinta. No un mero sintagma, sino algo más que ello.
Terminaba Ravelstein (de Bellow) la noche del 25. Leí algo parecido a esto: La mente es un espejo de la realidad. Venía a cuento lo platónico. El libro, por muchas cosas, y de manera manifiesta, alude a Platón continuamente. Pero no interesa Platón ahora (o sí, pero no tengo tiempo), sino analizar esto de la mente como un espejo de la realidad, como algo que produce imágenes pero no alcanza la Verdad de las cosas. Y también es importante conjugarla con esta otras dos ideas, asimismo pertenecientes a Bellow. La muerte —no lo dice así, soy pésimo para las citas—, la muerte es el fin de las imágenes. O mejor aún: La muerte personal es el fin del mundo. Es decir, se acaba el mundo para uno. Termina la visión parcial y tal vez errada de lo real. Se muere “lo real”.
Fuimos a misa con mi mujer. Mi hijo lloró el 25 por Juanita, una abuela postiza que yo tuve y que se murió en mi presencia hace poco menos de un año. Volvió a llorar el 26. “No puedo parar mi cerebro”, dijo mi hijo. Tiene sólo 6 años. Imágenes de mi hijo, ninguna. Acercándose a la Verdad de la muerte, 100 %.
No entiendo por qué —y estoy caótico, lo sé— pero me representa un enorme consuelo refugiarme en estas cuestiones. Pensar que no es la cadera de mi cuñada ni las lágrimas de mi hijo ni las otras de mi mujer la Verdad. Que hay algo debajo y que no puedo conocer. Y que, asimismo, última frase que copio mal de Ravelstein, Bellow enfatiza: Todo el mundo puede concebir su muerte física, pero no ese fin del mundo, ese reventón de las imágenes. O dicho de otra manera: Todo el mundo espera que, tras la muerte de la Mentira, irrumpa en su lugar la Verdad.
Quiero pensar que tras la muerte está la Verdad. Quiero creer que la angustia de mi mujer, la de mi hijo, la mía, viene a cuento del carácter borroso de lo que hay y es pero hasta ahí. Deseo que haya un Di-s y unos buenos prismáticos en el Cielo; que pueda estar en condiciones de alguna vez estar ahí para ver lo que hoy no veo y angustia.
Mientras tanto leo. La literatura cumple, aunque parcialmente, con esa visión. La literatura que habla de “lo real”, así cuente la historia de un millonario increíble que se va al África. La literatura que no miente y que, a la vez, tampoco busca ser un émulo de la impostura.