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Lo primero que escribí después de escuchar la historia de Zamudio:
Buscó una calle oscura, solitaria, todavía conmocionada por la levedad subrepticia de la cabeza de sensei. Buscó una calle, la encontró y abrió el bolso negro. Las manos le resbalaban o las orejas de la cabeza de sensei le resbalaban. Estiró las mangas de su campera marrón inflable, volvió a jalar, primero de una oreja, luego de la otra, de rodillas, inclinada sobre el bolso negro, sobre un par de baldosas humedecidas por la llovizna de lo que había sido martes. Pero tampoco alcanzó su cometido y debió quitarse la campera y estirar esta vez el cárdigan gris que había pertenecido al sensei, su sensei.
Qué tonta, se dijo, poseída por un género místico de la felicidad. Qué tonta, le dijo también a lo que quedaba de sensei. El cárdigan gris no resbalaba. Trabó el pulgar de la zurda dentro de la boca fría y rígida de la cabeza. La palma de esa mano la apoyó sobre el trigémino. Índice y meñique se hincaron en los ojos, hundiendolós. Mayor y anular circunvalaron el tabique nasal. La diestra, mientras tanto, oculta bajo la manga del cárdigan gris, jaló de la oreja izquierda y diminuta, hasta arrancarla del borde inferior de lo que principiaba a ser calva, mas no quitandolá del todo, dejando, contra esa calva, uno que otro colgajo de lo que había sido lóbulo, cartílago. De la misma manera trabajó el despiece de la oreja derecha.
—Fue como arrancar la pata del muslo de un pollo —le diría después a Zamudio—. En eso pensé —le diría—, en pollos.
Escribí también:
Levantó la mirada, sobresaltada por el sonido de un automóvil. Cerró el bolso negro, guardó las orejas en un bolsillo de la campera marrón inflable, echada la campera sobre otro par de baldosas humedecidas, y volvió a abrirlo tras observar que se trataba de un 504 que avanzaba por la esquina, que desaparecía. Entonces atacó los ojos, pero, esta vez, cerrando los suyos, no pudiendo asociar el ojo de un pollo con los ojos claros, celestes, de corzo, del sensei, su sensei. Y aprendió que el ojo tiene una consistencia un tanto menos firme que el hígado de las vacas; aprendió que, al apretarlo en demasía, el ojo chorrea tripa, carne, líquido escarlata. Y guardó también en el bolsillo de la campera los ojos de lo que había sido sensei. Después, todo le resultó inútil.
Yo quería contar cómo lo había hecho Nadia. Quería contarlo como me lo había contado Zamudio:
Arrojó en la alcantarilla de la calle las orejas y los ojos e intentó arrancar la lengua y despellejar, desde los cueros salientes que había dejado su faena, la piel de la cara.
Forzaba mi voluntad para que creyera en lo que había ocurrido, en lo que Zamudio me había dicho que verdaderamente había ocurrido:
Con la lengua directamente no pudo: estaba durísima y como clavada a la garganta. Con lo otro apenas consiguió pelar parte del ceño y las cejas y parte de los pómulos. En un último intento, tiró del labio inferior de la cabeza de sensei, pero resbaló, ahora sí, la manga del cárdigan gris y eso le dio a entender que ya era suficiente, que ya el milagro había llegado a su límite.
—Sólo quería ayudarte, reducirlo a huesos, desaparecerteló un poco, desfigurarlo —después trataría de explicarle a Zamudio, a un Zamudio espantado, infiel a las máximas samurai, lleno de náuseas, arcadas y espasmos, un Zamudio triste por su madre muerta y que no soportaba el horror de la irrealidad, a sabiendas de que nadie le creería.
—Pero una crónica no es irse en explicaciones —me dijo después de escribir lo escrito Martin Grunauer, el editor de Golpes y Patadas.
Tras cerrar el bolso negro, escribí, y calzarse la campera marrón inflable, escribí, tras otra vez pesarle la cabeza de sensei, escribí, Nadia comprendió que los milagros no eran eternos, que se terminaban.
–Estaba loca —me había explicado Zamudio. Zamudio no sabía contar, explicaba las cosas.
—Igual no te creo, Zamudio —le respondí—. No puedo creer que la mujer fuese capaz de tanta cosa —le dije, cuando me fue dada la oportunidad, días después de que Martin Grunauer rompiera en mi cara la impresión de lo escrito.
De forma parecida habían procedido las autoridades al indagar a Zamudio. No le habían creído siquiera que Nadia hubiese caminado hacia el hotel Lezica, en su busca: la impugnación de la historia contada por Zamudio, entonces, fue un hecho. Transformó a la historia de Zamudio en subgénero penoso, inútil y tan fatuo como las fábulas de aparecidos, los cuentos de terror y los relatos fantásticos.
No más eso pasó, no más el editor de Golpes y Patadas reprobó mi primer texto, busqué a Zamudio, le dije lo que tenía que decirle y reinicié la historia, parte a parte, pedazo a pedazo, ya no como la historia de, sino como la historia según.
Javier G. Cozzolino
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